Coordinación Nacional de Danza

Vidas en la danza



Rafael Zamarripa. Foto: Ángel Gómez Barbosa, 2006.
Tomada de El Ballet Folklórico de la Universidad de Colima.

Rafael Zamarrita, promotor incansable de la danza folclórica mexicana

Por Gabriela Jiménez Bernal

Rafael Zamarripa fue censurado durante mucho tiempo porque sus propuestas coreográficas se han caracterizado por estar inmersas en la teatralidad. No obstante las críticas, hoy por hoy, a sus 76 años de edad, es uno de los coreógrafos más sobresalientes de México y de los pocos que han llevado nuestros bailes tradicionales alrededor del mundo.

Desde los 13 años practicó la danza a pesar de que era un oficio mal visto. Participó en diversos grupos folclóricos donde conoció un mosaico de bailes regionales. En ese momento su incursión a la danza era como un pasatiempo, pues la decisión de dedicarse a esta carrera fue influenciada cuando la Compañía de Amalia Hernández ganó un premio en París, hecho que abrió las puertas a esta manifestación popular.

El maestro se graduó con distinciones de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Guadalajara. También hizo estudios en el extranjero, especialmente en Estados Unidos. Su talento y capacidad dancística le valieron pertenecer justamente al Ballet Folclórico de México de Amalia Hernández, donde estuvo cuatro años.

Más adelante creó su propio grupo: el Ballet Folclórico de Guadalajara, que en 1972 representó a México en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Munich, siendo la primera vez que se presentaba un espectáculo dancístico en ese máximo encuentro deportivo. También fundó el Ballet Folclórico de la Universidad de Colima, con el cual ofreció más de 100 actuaciones en México, Centroamérica y Europa; así como presentaciones frente a importantes figuras de los ámbitos político, cultural y religioso, como el Papa Juan Pablo II, la reina Isabel de Inglaterra, John F. Kennedy e Indira Gandhi, entre otros.

La innovación es el elemento que ha distinguido el trabajo de este creador, ya que sus propuestas coreográficas están inmersas en una teatralidad que cobija los bailes regionales. "Me propuse hacer una danza teatral sin desapegarme de la esencia de los sones. Busqué piezas poco conocidas y las llevé al escenario con lenguajes diferentes, muestra de ello son los corridos que he montado; tradicionalmente sólo se cantan, pero los trasladé al lenguaje del cuerpo sin distorsionarlos".

A pesar del largo camino recorrido, el coreógrafo (quien escribió el libro “Trajes de danza mexicana”), mantiene el mismo ritmo de vida que en sus inicios. Desde las seis de la mañana trabaja en su taller de escultura (su otra pasión), y por la tarde y hasta cerca de la medianoche imparte clases de danza.

Después de varias décadas de trabajar sobre los escenarios, los reconocimientos fueron llegando solos. Uno de los más importantes ha sido el pertenecer al Sistema Nacional de Creadores, así como la distinción “Tinker Visiting Professor”, ofrecida por la Universidad de Stanford en Palo Alto, donde impartió algunos talleres para los Departamentos de Danza y Teatro.