Coordinación Nacional de Danza

Vidas en la danza




CORA FLORES, ICONO DE LA DANZA NACIONAL

Por Gabriela Jiménez Bernal

Jamás había soñado dedicarse a la danza. Sin embargo, el destino llevaría a la maestra Cora Flores a este arte para dedicarle toda su vida. Hoy, haciendo un balance de lo que ha sido su entrega a esta disciplina, asegura que la danza ha sido su gran motor de vida.

“Yo no puedo más que dar gracias infinitas a la danza por lo que me ha dado. Es la que me ha salvado de todo. Ha sido mi diosa porque, sin pedirle ni rogarle, ha sido la que me ha dado siempre. Es quien más me querido y por eso sigo aquí”.

Cora Flores es sinónimo de entrega. Nadie ha podido igualar su perseverancia. Ha sido una mujer que literalmente se ha entregado en cuerpo y alma a la danza. De hecho, su gran pasión puso en peligro su salud varias ocasiones; sin embargo, no obstante, las secuelas físicas que le ha dejado su oficio puede presumir de ser una de las sobrevivientes de un periodo clave en la danza, donde surgieron los iconos de este movimiento cultural.

Referirse a la maestra Flores es hacerlo con profundo respeto. Y es que a pesar de tener una larga trayectoria llena de triunfos que la mantienen en la cúspide, la humildad siempre ha sido su fiel compañera, hecho que la ha convertido en unas de las grandes exponentes de la danza mexicana que ha sabido compartir con los demás sus conocimientos en torno al lenguaje del cuerpo en movimiento.

Muchos son los años que esta gran mujer, originaria de San Luis Potosí, se ha entregado al arte del cuerpo en movimiento. Primero como bailarina, después como coreógrafa y por supuesto ahora como docente y como integrante del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de la Danza "José Limón". Desde todas estas trincheras ha sabido compartir su pasión por la danza.

Para fortuna de nuestro país, la prestigiada bailarina y coreógrafa apareció en el escenario dancístico dentro del Ballet Concierto de México (hoy Compañía Nacional de Danza) después de estudiar al lado de importantes maestros de su época, tales como Socorro Bastida, César Bordes, Natalia Dudinskaya, Nellie Happee y Michael Panaieff. Las enseñanzas de contemporáneo las recibió de gente de la talla de Louis Falco y Xavier Francis.

Su debut en el Ballet Concierto de México fue inolvidable porque logró sobresalir dentro del cuerpo de baile. Y después de participar en infinidad de giras nacionales e internacionales, su talento obtuvo más reconocimiento, ya que alcanzó la categoría de Primera Bailarina, logrando interpretar los roles principales de obras clásicas de repertorio, como Las Sílfides, El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, La Bella Durmiente y Coppelia, entre otros.

Asimismo, dentro del mismo Ballet Concierto, interpretó obras realizadas por coreógrafos mexicanos, tales como Café Concordia (Felipe Segura), La noche de los mayas y Nubes y fiestas (Guillermo Keys), así como Fuego muerto (Jorge Cano), entre otras.

Desde este momento, la maestra Flores comenzó a formar parte de importantes proyectos que sería imposible resumir en unos cuantos párrafos: fue bailarina fundadora del Ballet Folclórico de México bajo la dirección de Amalia Hernández (1959). Con esta agrupación realizó giras por Estados Unidos, Canadá y Europa.

Luego ingresó al Ballet Folclórico del IMSS, encabezado por Guillermo Arriaga. Dentro de esta Compañía tuvo la oportunidad de pisar escenarios de Israel, Estados Unidos, Filipinas, Hong Kong y varios países europeos.

Dos han sido las coreografías que más satisfacciones le han dejado a la maestra porque fueron las que bailó más: Zapata y La casa de Bernarda Alba. La primea es una obra emblemática de Guillermo Arriaga, quien eligió a la bailarina para que la interpretara dentro de la Olimpiada Cultural de México 68. La segunda se la montó Cristina Gigirey, coreógrafa uruguaya radicada en Costa Rica.

Más adelante la maestra Flores se integró por invitación de Gloria Contreras al Taller Coreográfico de la UNAM (1971), donde sobresalió como la mejor intérprete durante la década de los setenta; ahí mismo debutó como coreógrafa con la obra “Collage”.

Su paso por la Máxima Casa de Estudios fue y ha sido fructífera, tanto para ella como para la Universidad, pues la maestra Flores le ha dedicado gran parte de su vida profesional, mientras que la institución ha sobresalido en el ámbito dancístico a través de la representación de la coreógrafa potosina. Basta mencionar que la UNAM la becó en dos ocasiones para estudiar en Nueva York en la escuela del reconocido coreógrafo y maestro norteamericano Louis Falco.

Un paso decisivo en su carrera fue su incursión en el género contemporáneo, y precisamente lo hizo estando dentro de la UNAM, ya que en 1980 fundó junto con Cristina Gallegos y Aurora Agüeria el Grupo Danza Libre Universitaria.

También fue causante de otro fenómeno cultural dentro de esta Universidad, cuando con su obra Una Historia de Piratas, logró las 300 representaciones, siendo la primera vez que un espectáculo de danza infantil alcanzaba esas cifras, además de ser ejecutado por alumnos de los Talleres Libres de Danza, de la UNAM, y no por intérpretes profesionales. Nadie imaginó que esta coreografía viajaría por todo el país, luego de presentarse en La Fuente del Centro Cultural Universitario. Estuvo en los principales teatros y espacios al aire libre de la República Mexicana, sobresaliendo el Palacio de Bellas Artes, el Teatro de la Danza y el Teatro Raúl Flores Canelo.

Si eso fuera poco, Cora Flores traspasó las fronteras aztecas y llegó hasta Costa Rica, país donde radicó tres años y medio, y logró cosechar triunfos y reconocimientos importantes.

La maestra Flores siguió cruzando las barreras nacionales de manera exitosa. Hay que mencionar su participación dentro del Ballet Nacional de Cuba bajo la dirección de Alicia Alonso; ahí fue invitada con la coreografía Zapata (1983). Otro acierto ocurrió en Costa Rica, cuando el gobierno de ese país la invitó a dirigir la Compañía Nacional de Danza de 1987 a 1991; lo anterior también fue posible por un convenio cultural entre México y el país centroamericano.

La coreógrafa logró en territorio tico un hecho sin precedentes en la historia de su danza, ya que celebró con su coreografía Bolero 250 representaciones a lo largo de tres años. Con esta misma propuesta dancística, visitó el territorio mexicano, así como toda Centroamérica y Brasil.

Muchos reconocimientos hay detrás de Cora Flores, pero sobresalen la Medalla y el Diploma "Una vida en la Danza", que le otorgó en 1991 el INBA, a través del Centro Nacional de Investigación, Información y Documentación José Limón; en tanto en 1992 y 1993 recibió por parte del entonces rector de la UNAM –José Sarukhán- un reconocimiento oficial a su trayectoria y a su labor dentro de esta institución educativa. Durante el XXVI Festival Internacional de Danza Contemporánea Lila López, recibió el Premio Raúl Flores Canelo (2006) en reconocimiento a su trayectoria en la enseñanza de la Danza. Desde mayo de 2008, el Auditorio de la Casa de la Cultura de Milpa Alta de la CDMX lleva el nombre "Auditorio Cora Flores". También destaca el Premio SOMEC-VITARS.

Asimismo, destacadas universidades del país se han unido a este reconocimiento por la larga trayectoria de la maestra Cora. Basta mencionar las distinciones otorgadas por la Universidad Autónoma de Colima, de Nuevo León y de San Luis Potosí.

Su labor como docente ha sido fundamental para mantenerse activa. Durante muchos años ha impartido cursos en instituciones públicas y privadas; de hecho, actualmente comparte sus conocimientos de danza contemporánea dentro de los Talleres Libres que ofrece la UNAM.

Al mismo tiempo, ha sido jurado en importantes concursos dancísticos, como el del Premio INBA-UAM y dentro del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) en el rubro de Intérpretes.

Por toda esa vida entregada a la danza es que recientemente la maestra Flores fue condecorada con la máxima presea que otorga el INBA: la Medalla Bellas Artes 2018. Además, se suma su nombramiento como miembro de la Academia de Artes.

La maestra Cora Flores es un ejemplo de verdadero amor a la danza, de perseverancia, lucha y fidelidad al oficio, del que difícilmente se alejará, porque se trata de su único motor de vida, por eso, es de las que preferiría morir en el escenario que pensar en el retiro: “Nunca había pensado ser bailarina y sigo siéndolo. Nunca había pensado en ser coreógrafa y sigo siéndolo. Desde que la conocí la danza me fue enamorando y ya nunca me separé de ella”.