Coordinación Nacional de Danza

Vidas en la danza




GUILLERMINA BRAVO, PARTEAGUAS EN LA DANZA MEXICANA

Por Gabriela Jiménez Bernal

“La bruja de la danza”. Sólo una grandiosa personalidad podía recibir tan imponente sobrenombre dentro del gremio cultural nacional. Y esa fue Guillermina Bravo (1920-2013), una figura crucial en la historia de este arte en tierra azteca.

Sin ella, la danza mexicana contemporánea no sería lo que es hoy. Dejó una huella imborrable. Un legado difícil de superar. Alcanzó los máximos honores con profunda sencillez. Por esa razón fue, es y seguirá siendo un pilar en el universo dancístico nacional e internacional.

Cuando su nombre es pronunciado la historia se detiene. Fue pieza clave en el arte del cuerpo en movimiento. En palabras de quien es considerada una de las mejores investigadoras de la danza en México, Margarita Tortajada, Bravo representó el tránsito de la danza moderna a la contemporánea. Además, fue una de las máximas formadoras de talento: por las filas de su Ballet pasaron los más sobresalientes bailarines y coreógrafos de la danza contemporánea, donde se han inspirado para formar nuevas agrupaciones.

La Escuela Nacional de Danza fue testigo de los pasos iniciales de la bailarina y coreógrafa veracruzana. Ahí realizó sus primeros estudios de danza clásica, moderna y vernácula. Sin embargo, fue Waldeen, reconocida bailarina norteamericana, quien descubrió en la pequeña Guillermina un talento en potencia, a quien invitaría a participar en el Ballet de Bellas Artes, que ella dirigía y que es considerado el grupo iniciador de la danza moderna en México.

El apasionamiento de la danza atrapó a Bravo. Su inquietud y su perseverancia se impusieron. Emprendió una formación autodidacta como coreógrafa, hasta que más adelante creó con Ana Mérida, un grupo de danza moderna bajo el nombre de "Ballet Waldeen".

De Bravo hay que enaltecer su preocupación por la docencia. Estaba convencida de la importancia de profesionalizar al bailarín. Cuando el INBA se crea por decreto presidencial, ella, junto con Ana Mérida, organizan y dirigen la Academia de la Danza Mexicana, cuya enseñanza incluía el estudio libre de las técnicas autóctonas y de la danza moderna.

Uno de los principales vehículos para transmitir su conocimiento fue el Ballet Nacional de México, que fundó en 1948. Si bien esta Compañía ya no existe (se desintegró por decisión de su fundadora), ha pasado a la historia como uno de los máximos centros de enseñanza de danza moderna y contemporánea del país.

La desintegración de esta emblemática compañía fue inminente, pero en vida, Bravo mantuvo su espíritu de formar a nuevas generaciones de bailarines a través del Colegio Nacional de Danza Contemporánea, ubicado en la ciudad de Santiago, Querétaro. Ha sido de las principales alternativas educativas en México y Latinoamérica para los jóvenes interesados en desarrollarse profesionalmente en la danza contemporánea. Quienes han formado parte de su matrícula, saben que lo aprendido en las aulas va más allá de la teoría, pues la capitana de este barco -Bravo- fue una master en los escenarios dancísticos nacionales e internacionales.

Interminable es la lista de los legados de la maestra Guillermina Bravo. Lo que no puede quedar fuera es el tránsito que hizo por distintas y variadas etapas estilísticas y conceptuales dancísticas. Su creatividad ha transitado desde tendencias nacionalistas, temas urbanos y mágicos rituales indígenas, comportamiento humano, indagaciones épicas, históricas y literarias, hasta la exploración del espacio escénico por medio de formas geométricas y lucha de opuestos, entre muchos más.

Ha sido una mujer constantemente galardonada. Sobresalen el Premio Nacional de Arte y el Doctorado de Honoris Causa de la Universidad Veracruzana. También fue miembro de honor de la Alianza Mundial de la Danza-Americas (World Dance Alliance-Americas).

El nombre de Guillermina Bravo ha quedado grabado en letras doradas de la danza nacional. Tenía 93 años cuando partió y no obstante su edad, todos recuerdan la enorme energía que demostraba a su trabajo. Su amor por la danza la convirtió en una mujer fuerte, pero sobre todo, en una artista de infinita entrega y pasión.